APOLOGÍA DEL MINISTERIO EVANGELÍSTICO — Pbro. José M Saucedo Valenciano

Observé en una reunión a los evangelistas, agenda en mano, acercándose a los pastores para solicitar oportunidad de predicar. Noté que algunos pastores evadían el tema, otros daban esperanzas para un futuro próximo, unos más ponían como excusa no traer la agenda, aseguraban llamar luego, hubo quienes de plano negaron la posibilidad

Estuve atento a las actitudes de los evangelistas: Algunos fueron insistentes hasta que consiguieron fechas para ministrar. Otros se molestaron porque apenas se les dio alguna oportunidad. Unos más se notaban frustrados. Pregunté a un amigo sobre el tema y me contestó: “Por eso los evangelistas ahora se convierten en pastores. Es muy difícil vivir y mantener una familia dignamente si sólo te dedicas al evangelismo”. ¿Acaso cometimos el error de relegar al evangelista de la agenda institucional? ¿Será posible que en la práctica estemos dando el mensaje de que este ministerio ya no es tan importante?

El ministerio de evangelista es bíblico

El Señor Jesucristo realizó obra de evangelismo continuo a la par del discipulado. Sembró en sus apóstoles la pasión por el reino de Dios y el amor por las ovejas que no tienen pastor. Los constituyó como pescadores de hombres (Lucas 5:10), los concientizó de la necesidad de trabajar duro en la cosecha y les ordenó orar para que el Señor de la mies multiplicara los obreros (Mateo 9:37, 38). Preparó el Maestro a setenta predicadores y los envió de dos en dos a trabajar en labor evangelística (Lucas 10:1). Se dedicó a anunciar las buenas nuevas de la cercanía del reino de los cielos y compartió un mensaje de salvación, sanidad y liberación en todas las ciudades, pueblos y aldeas de Judea y Galilea (Mateo 9:35). Pasajes bíblicos cumbres como el de Nicodemo (Juan 3), Zaqueo (Lucas 19) y la mujer samaritana (Juan 4) nos hablan de la agudeza evangelística de Cristo.

Narra Lucas en el libro de los Hechos que los apóstoles predicaban incesantemente en el templo y por las casas y las multitudes eran ganadas para Cristo (Hechos 5:42; 6:7). Pero el ícono del Nuevo Testamento en el ministerio evangelístico es Felipe, diácono de los siete, nombrado para apoyar a los apóstoles en la atención de las mesas (Hechos 6:5). Como resultado de la persecución que desató Saulo muchos creyentes salieron de Jerusalén (Hechos 8:1-4). La ciudad de Samaria atrajo a Felipe y allí comenzó una obra evangelística impresionante, caracterizada por las manifestaciones de poder, la cual después fue confirmada por Pedro y Juan (Hechos 8:5-8, 14, 15). El ministerio de este varón continuó en el mismo tenor, de tal modo que cuando Pablo y su equipo lo visitaron en su casa, lo reconoce el autor inspirado como Felipe el evangelista (Hechos 21:8).

En su tesis sobre las constituciones que el Señor otorgó a la iglesia luego de su ascensión, Pablo coloca a los evangelistas, luego de los apóstoles y los profetas con los pastores y maestros (Efesios 4:11, 12). El mismo Saulo encarga a Timoteo que persevere en la obra de evangelista y que cumpla su ministerio (2 Timoteo 4:5).

Concluimos que es tan importante el ministerio del evangelista como el del pastor y el del maestro. Es imprescindible para el buen funcionamiento de la obra de Dios y para el crecimiento equilibrado del cuerpo de Cristo.

El ministerio de evangelista es necesario

Jimmy Swagart

Evangelizar es deber de cada miembro del cuerpo de Cristo. El mundo debe conocer la gracia de la obra salvadora de Jesús. Los receptores del poder del Espíritu Santo tienen que ser capaces de testificar sobre las bondades, virtudes y perfecciones del Señor resucitado (Hechos 1:8). Todo hombre y toda mujer que han sido liberados del poder del pecado y de la muerte son responsables de compartir la esperanza con los perdidos. Quienquiera que ha experimentado la libertad de Jesucristo debe contar entre los suyos las grandes cosas que Dios ha hecho. Se demanda a la iglesia anunciar permanentemente al mundo las virtudes de aquél que la llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9, 10).

Sin embargo, aunque todos seamos responsables de evangelizar no todos somos evangelistas. El o la evangelista es una persona llamada por Dios y ungida para ganar personas para Cristo. Tiene capacidad sobrenatural y poder del Espíritu que lo capacitan para cumplir la vocación. El Señor escoge creyentes y les otorga dones específicos para realizar la obra de su ministerio. No todo predicador es evangelista, no todo pastor es evangelista, no todo líder es evangelista. Lo es aquél a quien el Señor de la mies le asigna esa función. El mismo que unge apóstoles, profetas, pastores y maestros, es quien faculta a los evangelistas según la divina voluntad.

El conjunto de edificadores de la iglesia y perfeccionadores de los santos incluye al evangelista. El Señor así lo constituyó en su sabiduría y soberanía. Sin ellos está incompleto el equipo. Son elementos importantes y necesarios en la historia y el devenir de la iglesia. Mientras haya inconversos en el mundo, simpatizantes en la iglesia, personas con necesidad en las casas, piadosos que quieran conocer con certeza el camino del Señor, será indispensable el ministerio evangelístico. No es lo mismo si en una campaña de salvación predica el pastor o un maestro o un miembro de la iglesia; un evangelista marca la diferencia. Sin importar la elocuencia de los primeros, la agudeza del evangelista y la unción divina específica para ese campo serán determinantes para el éxito. La gente responde siempre mejor al llamado del evangelista. Hermenéutica y homiléticamente puede ser superior el sermón de otro ministro, pero el del evangelista es más efectivo si de llegar al corazón de un inconverso se trata. Teológicamente puede ser más nutritivo el discurso de un maestro, pero para los de fuera impacta más el del evangelista. Éste apunta bien al blanco, tiene fuerza y certeza, se mete en las entrañas del público y convence a los oyentes de que deben recibir a Cristo.

Yiye Avila

Un buen evangelista asegura el éxito de una campaña, produce resultados, provoca que la iglesia tenga avivamiento de conversiones, ayuda a que la iglesia impacte la ciudad o el pueblo, concientiza a la iglesia de lo importante de tener visión hacia el mundo, reintegra a los que se han apartado del camino, logra que el cielo reviente de júbilo. No siempre los evangelistas ganan multitudes. Felipe ganó a muchos en Samaria y luego se dedicó a uno sólo con el eunuco etíope. Si queremos como iglesia impactar al mundo actual con el evangelio necesitamos que los evangelistas ocupen su posición, se integren al trabajo y sean tomados en cuenta en proyectos de nivel nacional, distrital, regional, seccional y local. En tiempos de tanta necesidad, no podemos darnos el lujo de prescindir de este ministerio que el Señor constituyó para la edificación del cuerpo de Cristo.

El ministerio de evangelista debe ser justipreciado

Muchas de las personas que hoy conforman nuestra iglesia fueron ganadas para Cristo por evangelistas. En todo el territorio nacional se fundaron iglesias y misiones gracias al trabajo de ministerios evangelísticos. Fuerzas y recursos fueron invertidos por los organizadores de campañas y los equipos de ganadores de almas que invadieron regiones específicas del país. Con su labor en las calles, los patios, las plazas, los salones, cines y plazas de toros, los evangelistas surcaron la dura tierra del suelo nacional para sembrar la semilla del evangelio de Jesucristo. No pocas ventajas que ahora pastores y líderes disfrutamos tienen relación directa con el afán, el sufrimiento y el sacrificio de los evangelistas. Para aquilatarlos bien tenemos que revisar la historia de nuestra fundación y avance, y la participación de los evangelistas para el crecimiento y expansión de la obra en la república.

Los evangelistas fueron motores efectivos en la plantación de iglesias en cada estado, trabajaron en el fortalecimiento de la obra nacional, aportaron dinámica para el avance. Era una gran alegría para la gente recibir la visita de un evangelista para una campaña. Se esperaban maravillas y milagros de conversión, sanidad y bautismo en el Espíritu Santo cuando llegaban los predicadores poderosos a los pueblos. Había fiesta en las congregaciones cuando el canto, la predicación y la ministración acarreaban personas nuevas y fortalecía la fe de los creyentes. Los evangelistas eran los héroes, grandes, enormes, reverenciados.

La realidad actual no es la misma. Ahora los evangelistas no son tan apreciados en las iglesias, de hecho poca participación tienen en la estructura institucional. Ahora los grandes son los líderes, los pastores, los que tienen púlpito seguro y sostenimiento regular. El evangelista se las ve negras para llenar su agenda, para tener un espacio y un lugar donde ministrar. Está a merced de la buena voluntad de los pastores. Conseguir un domingo en un culto principal oportunidad para ministrar no es fácil para un evangelista. Cada vez es menos común que un pastor o una iglesia programen una campaña e inviten a un evangelista. Todos quieren al predicador del momento, al exhortador, al amonestador, al que tiene un mensaje que agrade a la congregación. Claro que existen las excepciones: también, pero son pocos, existen los evangelistas que por su trayectoria, experiencia y buenas relaciones saben agenciar programas para mantener su ministerio en actividad constante y su sostenimiento económico en buen nivel. Pero la gran mayoría no disfrutan de estas ventajas.

El ministerio del evangelista necesita contextualizarse

Alberto Motesi

Estamos seguros de que este ministerio es bíblico y necesario; creemos que debe ser justipreciado, pero también necesita ser redefinido y contextualizado. El veteranazo Alfonso de los Reyes dice que los evangelistas fueron orillados a sacrificar su ministerio por la situación de las iglesias en la actualidad. Las iglesias se concentran ahora demasiado en las atenciones a sus miembros que los programas y la liturgia se desarrollan con énfasis eclesiológico y no evangelístico. Por eso se invitan predicadores que impacten a la congregación más que aquellos que se dirijan al mundo. Se prefieren las campañas de avivamiento entre los mismos miembros, y el evangelismo es una parte no central y no preponderante del programa. La himnología ahora privilegia el sentimiento y la emoción del creyente, y poco aparece el mensaje para el inconverso. Las congregaciones se invitan unas a otras en las campañas y poco se busca al de fuera. Si el predicador se enfoca en ganar almas los organizadores se ofenden porque no se dirigió el discurso hacia los miembros. Y el resultado es que en la actualidad se da más la rotación de los miembros que el crecimiento por conversión.

Por su parte, los evangelistas deben tener conciencia de su llamamiento y no deben sacrificar ni su ministerio ni su mensaje; pero tienen que aprender a adecuarse a los tiempos y las sazones. Han de buscar la dirección del Espíritu Santo y la llenura de su poder para ofrecer a los líderes, pastores e iglesias proyectos evangelísticos ambiciosos y atractivos. No tienen que presionar a los pastores pidiendo campañas de domingo a domingo, porque la gente que ahora integra las congregaciones ya no puede sostener una rutina tan prolongada. No está bien que reclamen a los consiervos para que les den fechas a cada rato y tan seguido. Tienen que integrarse al avance de la obra y ofrecer servicios y apoyo para la función evangelística de la iglesia. No sólo ofrecer predicación, sino trabajo, ayuda, colaboración. Ponerse a las órdenes de un líder, un pastor o un grupo de pastores para levantar una obra en alguna colonia donde no haya templo, que abundan por cierto. Deben ofrecer su tiempo y ministerio para apoyar en obras en las que se requiera inyección de ánimo y fortaleza espiritual. Pueden también los evangelistas poner sus dones y talentos para ministrar en una especialidad ministerial. Pedir al Señor que manifieste su gracia a través de los carismas del Espíritu. Si un evangelista es usado sobrenaturalmente en señales de poder, mensaje consistente, y sobre todo en llevar personas nuevas a Cristo las iglesias y los pastores “pelearán” porque ese ministerio los visite. Los evangelistas tienen que saber aprovechar las oportunidades que se dan y las puertas que se abren. Una invitación puede llevar a otra si se satisfacen las expectativas y necesidades de las iglesias. Si los resultados manifiestan el respaldo divino, el pastor y la congregación querrán repetir la experiencia. Si no, será debut y despedida.

billy graham

Nadie quiere invitar a un evangelista que se quiere pasar de listo con la gente. Se cierran las puertas al predicador que proyecta lástima desde el púlpito. Cae mal quien cuenta sus necesidades en una campaña para que la gente se compadezca y le dé ofrendas en secreto. Quien deja de exponer el mensaje de la Palabra para manipular al pueblo y sacarle regalos pierde oportunidades. El tiempo hay que utilizarlo en predicar bien, en nutrir a la iglesia, en invitar a los pecadores al arrepentimiento, en proclamar a Cristo con el alma. Un siervo o una sierva que dejan el alma en cada ministración serán reconocidos y recompensados.

El ministerio de evangelista necesita estímulo

Desalienta la iglesia o el pastor que trata a los evangelistas indignamente. Los que hacen que venga el predicador de lejos y luego les dan sólo la ofrenda que se recoge en los cultos, y que a veces resulta miserable. Los evangelistas deben ser objeto de un trato digno de su ministerio. En términos de Cristo el obrero es digno de alimento y de salario. Hay que programar con tiempo actividades para recolectar fondos para apoyar económicamente a los evangelistas que nos visitan. Asegurarles sus viáticos y aparte una ofrenda. Que no se vayan con la sensación de que trabajaron y no se les remuneró. Que les queden ganas de volver a nuestra iglesia. Que abunden las acciones de gracias por la bendición económica y material que recibieron en nuestras congregaciones.

Conclusión

Estamos en momento oportuno para que el ministerio del evangelista cobre mayor relevancia. Oremos para que desde los cielos se decrete la conformación de un ejército de evangelistas que impacte a la patria con el mensaje de salvación, sanidad, paz y esperanza. Clamemos por que los siervos y siervas con este llamamiento especial potencien los esfuerzos evangelísticos de la iglesia. Que ahí donde las tinieblas se ciernen se lleve la luz de Cristo, donde la violencia impera llegue la justicia del reino de Dios. Al mundo le urge y a nosotros nos debe interesar que se levanten los ganadores de almas.

fuente: aviva 2014 – edición 11

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