PARA LA GLORIA DE DIOS — Pbro. José M. Saucedo

Cada vez más los aplausos y gritos de júbilo sustituyen las expresiones de gloria a Dios en la iglesia. Se cambia la forma de alabar y, de algún modo, parece que se diluye o se debilita la esencia espiritual de nuestra liturgia.

Pocos cantos congregacionales proclaman la majestad divina y muchos se concentran en las necesidades y emociones humanas. Muchos testimonios parecen más una presunción propia de la persona que una alabanza al Todopoderoso. Algunos sermones son exposiciones de las proezas del predicador, que de paso dan algo de crédito a Cristo. Es necesario que reflexionemos sobre la importancia de un culto pentecostal caracterizado por el reconocimiento del honor y la grandeza de nuestro Señor. Pero esto no sólo tiene relación con los programas del templo, sino que la totalidad de nuestra vida como iglesia debe producir alabanza de la gloria de la gracia divina. El análisis de la epístola a los Efesios nos arroja verdades teológicas y prácticas sobre la importancia de glorificar a Dios como iglesia de Jesucristo.

Para el apóstol de los gentiles la gloria de Dios es el fin de todo lo que somos y hacemos. Según Pablo, debemos hacer que su gracia sea exaltada en nuestra doctrina, nuestro culto y nuestra vida diaria. Todas nuestras acciones y relaciones han de apuntar a manifestar la superlativa grandeza de nuestro Salvador.

Todo lo que somos y tenemos, los triunfos, los alcances y las proezas que experimenta la iglesia tienen su origen y causa en el poder y la gracia divina que se nos ha manifestado. El llamamiento al ministerio y la oportunidad de servir en la obra del Señor nos vienen no por méritos o dignidades propias, sino por la voluntad generosa del Eterno (Efesios 1:1). La gracia y la paz que disfrutamos no las generamos nosotros mismos; proviene de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo (1:2). El hecho de que seamos beneficiarios de toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo nos debe provocar a bendecirlo con el ser entero (1:3).

Debemos dar completa gloria al Padre que nos bendijo según la elección que hizo en Cristo para nuestro bien antes de la fundación del mundo (1:3). Tal elección tuvo el propó- sito de que fuésemos santos y sin mancha delante de él (1:4). Y se realizó en amor, con una predestinación para disfrutar una filiación adoptiva por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (1:5). El fin de la elección divina sobre nosotros es para alabanza de la gloria de su gracia, factor definitivo para hacernos aceptos en el Amado (1:6). Por la sangre de Jesucristo tenemos redención y perdón de pecados, de acuerdo a las riquezas de su gracia (1:7). No nos pagó conforme a nuestros actos, por los cuales sólo mereceríamos condenación; más bien hizo sobreabundar sobre nosotros su gracia en toda sabiduría e inteligencia en el conocimiento del misterio de su voluntad, según su beneplácito, de acuerdo a sus íntimos propósitos.

Nuestra elección no tiene un propósito selectivo para rechazar a los judíos, sino que compartimos con ellos la bendición en Jesús, pues el propósito divino es reunir el universo en Cristo en la dispensación del cumplimiento de los tiempos (1:10). Somos predestinados para una herencia superlativa de acuerdo al designio de su voluntad (1:11). Quiere Dios que como herederos seamos para alabanza de su gracia, tanto judíos como gentiles. Al escuchar la palabra de salvación creí- mos en él y recibimos el sello del Espíritu Santo de la promesa (1:12, 13), éste es las arras de nuestra herencia que garantizan el cumplimiento absoluto de las promesas heredadas hasta el cumplimiento de la redención (1:14).

Pablo atribuye al Dios de nuestro Señor Jesucristo y Padre de gloria la facultad de otorgar espíritu de sabiduría y revelación en el conocimiento de él. Con su gracia alumbra los ojos del entendimiento para que comprendamos la esperanza de nuestro llamamiento, las riquezas de la gloria de su herencia en nosotros y la supereminente grandeza de su poder para los creyentes, según la operación del poder de su fuerza. Se trata de una potencia sobrenatural y plena, es la misma que operó en Cristo resucitándolo de los muertos, sentándolo a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado, autoridad, poder y señorío, y sobre todo nombre pronunciable en este siglo y en el venidero. Es la misma autoridad universal que sometió todas las cosas bajo sus pies y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia que es su cuerpo, plenitud de Cristo que todo lo llena con su gloria (1:17-23).

Ese poder omnímodo del Padre que glorificó al Cristo sacrificado, es el que opera en nosotros para darnos vida espiritual después de haber estado bajo la potestad de la muerte y del príncipe de la potestad de las tinieblas (2:1, 2). En la vida anterior éramos hijos de ira por naturaleza (2:3), las fuerzas malignas nos sometían, éramos esclavos. Pero el Padre que es rico en misericordia y en amor nos vivificó juntamente con Jesús (2:4). Con él hemos sido levantados de los muertos y posicionados en los lugares celestiales (2:6).

Ninguna gloria nos adjudicamos cuando comprendemos que la posición y la salvación que disfrutamos es resultado no de capacidad o competencia propia, sino que es obra completa de la divina gracia. Sólo por la fe obtuvimos la bendición (2:8, 9). Todo bien que tenemos y cada buena obra que cumplimos son resultado de la planificación y preparación anticipada de Dios para nosotros (2:10).

Para que la gloria sea sólo del Señor somos llamados a recordar nuestra condición pasada, cuando las tinieblas nos dominaban y la desesperanza invadía nuestra existencia. Según Pablo éramos incircuncisión (2:11), estábamos sin Cristo, vivíamos alejados de la ciudadanía de Israel, ajenos a los pactos de la promesa. Caminábamos sin esperanza y sin Dios en el mundo (2:12). Si comparamos aquella miseria con la condición ventajosa que tenemos en Cristo no podemos sino rendirle a él toda pleitesía. Ahora somos cercanos por la sangre de Cristo (2:13). Compartimos la misma suerte del Israel escogido, formamos parte integral del pueblo santo. Jesucristo es nuestra paz, unificador de ambos pueblos, extirpador de la pared intermedia de separación (2:14). Como Juez supremo y autoridad absoluta abolió las enemistades creadas por la ley, para así luego crear de ambos pueblos un solo hombre, una nueva humanidad (2:15). Formó de ambos un solo cuerpo al cual mediante la cruz reconcilió con Dios, matando las enemistades (2:16).

Uno de los factores a través de los cuales el Señor recibe máxima gloria es cuando en su pueblo se mantiene la unidad. La tesis paulina es que las divisiones no glorifican a Dios, pero la unanimidad y la comunión en la iglesia manifiestan la majestuosa gracia divina. De ahí el énfasis en el hecho de que a todos se nos han entregado los mismos tesoros y no tiene por qué haber factores que dañen la integración del cuerpo de Cristo. Si todos somos miembros de un cuerpo, recibimos un Espíritu, gozamos de una misma esperanza, estamos sometidos a un Señor, practicamos una fe, fuimos ministrados a un bautismo, y creemos en un Dios y Padre de todos, sobre todos, por todos y en todos, entonces no hay razón para la escisión.

Alabamos la gloria de la gracia divina porque ahora tenemos ambos pueblos entrada por un mismo Espíritu al Padre (2:18). Ya no somos extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios (2:19). Estamos edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo (2:20). En él nuestro edificio espiritual crece armónicamente para ser un templo santo en el Señor (2:21).

Qué honor es para nosotros el hecho de que haya sido revelado el misterio a los santos apóstoles y profetas por el Espíritu (3:5). Gloria al Señor que ahora los gentiles somos coherederos con los santos escogidos, pertenecemos al mismo cuerpo y tenemos la bendición de ser copartícipes de la promesa en Cristo Jesús mediante el evangelio (3:6). Pero hemos de tener conciencia de que esta obra de la gracia de Dios tiene el propósito de manifestar al universo entero la multiforme sabiduría divina a las potestades y principados en los lugares celestes. A través de su poder manifiesto en nuestra redención los espíritus superiores del universo son impactados por las maravillas que el Padre obra en la iglesia (3:10-12).

Se atribuye también a Dios la gracia de otorgarnos fortaleza interior por su Espíritu, conforme a las riquezas de su gloria (3:16). El Cristo glorioso viene a establecer su habitación en nuestros corazones para arraigarnos y cimentarnos en amor (3:17). El fundamento sólido de la doctrina de los apóstoles y profetas, conjugado con el amor de Cristo y la fuerza del Espí- ritu nos faculta para comprender en la unidad de la iglesia que las dimensiones del amor de Cristo exceden nuestra capacidad cognoscitiva (3:18, 19), y nos llevan a vivir en la plenitud de Dios (3:20). En congruencia y para corresponder a tanta bendición recibida hemos de rendir adoración al Padre en la iglesia de Cristo por todas las edades, eternamente (3:21)

La gloria que rendiremos al Señor no sólo tiene que ver con expresiones de alabanza, sino que debe traducirse en actitudes y acciones que honren la vocación celestial que el Padre nos dio. Dios es glorificado cuando andamos en humildad y mansedumbre; cuando usamos de paciencia para soportar a los demás en amor (4:1, 2). Es enaltecido nuestro Creador si mostramos solicitud en guardar la unidad del Espíritu, en el vínculo de la paz. Si tenemos un espíritu sacrificial para tolerar y sufrir los agravios y no responder al mal con violencia, de tal modo que los intentos del mal para dividirnos como iglesia se vuelvan infructuosos, mantendremos la armonía en la iglesia y el Señor recibirá honor de nuestra parte (4:3-6).

La humillación y exaltación de Cristo nos otorgó una medida del don divino en nosotros. Luego de su ascensión el Señor constituyó capacitadores y perfeccionadores para preparar santos competentes para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo. Nuestra meta en el servicio de la obra es que la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios sea alcanzada por todos los creyentes. La idea es que maduremos, que lleguemos a la plenitud de la edad, con la conciencia de que Cristo es la cabeza y nosotros miembros que lo obedecen y que se cuidan unos a otros en amor (4:7-13).

Tenemos que ser capaces de resistir los vientos de doctrina por muy elaborados que parezcan y por muy estrategas que sean sus proclamadores. Debemos tener la firme determinación de seguir la verdad en amor. Tenemos que concertar la organización de los miembros del cuerpo, en ayuda mutua integrándonos unos a otros para crecer y edificarnos en amor. Servimos a la gente, trabajamos por engrandecer el edificio de la iglesia y por nutrir y cuidar al cuerpo de Cristo (4:14-17).

Rendimos la gloria a la gracia de Dios cuando luchamos para despojar de nuestra vida al viejo hombre, la humanidad rancia que nos liga a la vida anterior mundana con sus vicios y deseos engañosos. Este despojo se realiza gradualmente mientras nos renovamos en el espíritu de nuestra mente, y vamos dando lugar al nuevo hombre, creado según Dios en justicia, santidad y verdad (4:22-24).

Vamos a sustituir la mentira por la verdad. Cambiaremos la ira violenta y prolongada por el dominio propio para no dar lugar al diablo. El hurto se eliminará y en su lugar vendrá el sentido de responsabilidad, el trabajo honesto y la generosidad para con los hermanos necesitados. Las palabras corrompidas desaparecerán y abundará en nuestra boca la expresión edificante. Alegraremos al Espíritu Santo en lugar de contristarlo. El Señor será glorificado en nosotros cuando la amargura y la malicia sean superadas por la benignidad y la misericordia. Seremos creyentes perdonadores como Dios lo hizo con nosotros en Cristo (4:25-32).

Imitaremos a Dios como hijos amados (5:1). Andaremos en amor, como Cristo nos amó sacrificialmente (5:2). Eliminaremos la fornicación, la inmundicia, la avaricia y todo lo que no conviene a santos. Trabajaremos en el desecho de las palabras deshonestas, necedades, truhanerías; y en su lugar daremos acciones de gracias (5:3, 4). Nuestra expresión será de completa gratitud a quien nos ha favorecido con la nueva naturaleza, quien ha operado una transformación gloriosa, aquel cuyo Espíritu hace de nuestro ser un campo de cultivo para producir frutos de bondad, justicia y verdad. El que hizo posible el milagro de convertirnos en luz, cuando en otro tiempo éramos tinieblas. Ahora viviremos para agradarle, para complacerlo. Ningún compromiso tenemos ahora con la oscuridad, por lo que no participaremos en sus obras; antes bien las reprenderemos (5:8-11).

Lo que más nos interesa en la actualidad es ser entendidos de la voluntad del Señor, llenarnos del Espíritu y practicar permanentemente las pláticas que honren a Dios, que contengan alabanzas al Señor, con acciones de gracias por todo al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (5:17-20).

Desde la perspectiva paulina la alabanza de la gloria de la gracia de Dios debe aterrizar en una ética que enriquezca y facilite las relaciones de paz y orden en el seno familiar. Padres, hijos, esposos, esposas… tienen que aplicar el principio de amor, sacrificio, honra para que la unidad de la familia no sea quebrantada. El modelo de Cristo como cabeza que por gracia se entrega por nosotros debe seguirse en casa. Cada uno pone su parte para cuidar la armonía en el hogar (5:21-6:9).

Hay que aprender a darle la gloria a Dios combatiendo con sabiduría contra las fuerzas contrarias. No lo honraremos si descuidamos nuestra vida espiritual y somos derribados por el enemigo. Tenemos que fortalecernos en el Señor y en el poder de su fuerza. Usemos toda la armadura necesaria y libremos la batalla contra el mal. Mantengamos la oración, la fe, la salvación y el ministerio siempre activos (6:10-18).

Aprovechemos la gracia que viene sobre todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable (6:24). No seamos de los que aman la gloria de los hombres, los que procuran el reconocimiento y el crédito por el más mínimo servicio que dan, los que gustan de tener los reflectores sobre sí, aquellos que pelean por un lugar en las plataformas. Antes bien rindamos alabanza a la majestad divina. En todo logro, victoria, proeza ministerial, crecimiento de la iglesia, proclamemos que el único digno de honor absoluto es el que nos predestinó, nos salvó y nos dio el privilegio de trabajar en su obra. Vivamos para la gloria del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

fuente: aviva 2014, edición 12

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