OBSTÁCULOS EN LA ORACIÓN — Pbro. Jesús Godínez L.

[dropcap]R[/dropcap] ara vez visita el suelo un velocista en la carrera de 100 metros planos, en cambio, otra es la situación en las competencias con vallas ¿Quién puede cuestionar la necesidad de orar? Pero aún el más entusiasta proponente de la oración puede encontrar vallas en la pista.

Algunas actitudes y ejercicios, pueden ser útiles para vencer los obstáculos a la oración.

Administremos el tiempo eficientemente

El servidor de Dios no se enreda en las cosas del mundo, pero tampoco se desentiende por completo. Se requiere establecer ciertas rutinas para manejar la existencia terrena; imposible ir por el mundo guiado solamente por los impulsos. Las acciones son guiadas por las necesidades importantes, y no por el llamado de lo urgente, o el gusto de la gratificación. Puede suceder lo inesperado y traer etiqueta de urgente, pero ¿es necesariamente importante? Indudablemente, nada puede ser tan importante como presentarse frecuentemente, enfocado y atento, ante la presencia del Señor. Atender a los huéspedes era urgente, pero María captó la importancia superior de ocupar un lugar a los pies del Maestro, mientras se encontraba en casa.

Reflexionemos de nuevo en la naturaleza de la oración

Sin luz puede venir la depresión. El organismo necesita horas luz. La oración tiene un efecto iluminante en nuestro espíritu. Dios es luz; orar es entrar al ámbito de la luz, subir al monte de la transfiguración con regularidad, y presenciar la gloria del Señor. La oración, más que peticionar, es responder al Padre, quien llama a los suyos a solazarse en su compañía, a reposar en su amor. En la oración, Jesús, una y otra vez, lava los pies de sus discípulos, restaura sus fuerzas. Dice el salmista: En tu presencia hay plenitud de gozo, deleites a tu diestra para siempre. Orar es más que pedir.

Reconsideremos la naturaleza de nuestra labor

Los peregrinos en el desierto buscaban a Moisés en momentos de necesidad; conocían el tipo de relación entre Moisés y Jehová. Los que tienen inquietudes por lo espiritual, buscarán a quien confiarle este aspecto de su vida. El siervo de Dios es un líder espiritual; le es imprescindible conocer profundamente al Redentor, al Señor de gracia, al Altísimo. Necesita sabiduría y revelación. En el tabernáculo de la oración se dan los grandes diálogos entre el Señor y sus siervos; allí se encuentran las respuestas a los conflictos e incógnitas, a los profundos anhelos del alma. La gente expone las inquietudes más íntimas al ministro de Dios, asimismo, muchos problemas se presentan en el rebaño del Señor ¿Qué respuesta se les dará? ¿Dónde encontrar esas respuestas, sino en la presencia del Señor? Por otro lado, en el desempeño del ministerio se libran duras batallas contra fuerzas espirituales de maldad. Las armas útiles en dicho conflicto son espirituales, y poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas. El servidor de Dios, como su Maestro, debe desarrollar el ministerio en el poder del Espíritu. El camino al poder, y al conocimiento de Dios, pasa por el andén de la oración.

Sacudámonos el desánimo

El desaliento drena las fuerzas. Elías recién ha tenido una impactante victoria espiritual, pero aún así, le parece todo perdido. El agotamiento distorsiona la realidad. Existe una interconexión entre la parte emocional, espiritual y física del creyente. El cansancio afecta la percepción y puede convencer al hijo de Dios de la futilidad de sus esfuerzos, la invencibilidad de los problemas, la indiferencia de Dios. De entrada, Elías no recurre a la oración, pero el ángel envía al profeta desanimado a encontrarse con el Señor. La receta no cambia. El monte de la oración espera.

Combatamos el sentimiento de culpa

Un día el creyente será impecable, mientras tanto, se requiere velar y orar para mantenerse en pie. Aún así, puede haber tropiezos. En tales ocasiones posiblemente se filtre un sentimiento de indignidad, desalentando la práctica de la oración. Se pierde de vista la gracia de Dios, en dicho supuesto. La impecabilidad del creyente aparece como una condición sin la cual Dios no escucha la oración. Se esfuma la convicción del carácter perdonador de Dios, como si Aquel que enseñó a sus discípulos a perdonar hasta setenta veces siete, se condujera con un estándar diferente. En la oración se encuentra al Dios de gracia, el Dios restaurador. ¿Qué diría a esto San Pedro? No hace tanto tiempo, un invidente alcanzó la cumbre del Everest ¿Podrá algún obstáculo ser tan grande como para impedir el acceso a las cumbres de la oración?

fuente: Aviva 2013 – edicion 7

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